Y fui tan alto tan alto

Con arrimo y sin arrimo lento el taxi se aproximaba a nuestra posición y yo dejaba con máxima cortesía entrar primero a M, A y A como me habían enseñado hacía tanto tiempo que casi era bonito hacerlo sin esperar ningún agradecimiento. Todo había sido una gran cena muy seleccionada, con invitados tan diferentes que casi no había tesis ni pensamiento ni familia ni profesores ni novias sino amigos que no podían hablar, ex-parejas que no querían, tentaciones imposibles de materializar, y así toda criatura enajenada se ve, conversaciones cortadas y de diferente aliento y malentendidos provocados por una manía de agradar. Después creo que todo se redujo a M con un vestido de japonesa que la convertía en totalmente exquisita y que yo tomé por una legitimación del todo me voy consumiendo, por una obligación soberana de apoyar el codo para completar el cuadro mujer/barra/codo de hombre y pelear mi puesto en la visión japonesa del mundo. No recuerdo ninguna distancia o nadie puso en remojo mis hábitos o el taxi llegó demasiado rápido que se halla por ventura que estando la voluntad A y A habladores, agradeciendo entrar en el lenguaje de M camino del taxi que quizá llegó demasiado rápido después de todo. A y A esperaban la vuelta del lenguaje común con M y gusta de un no sé qué que divinidad tocada momento en el cual mis codos y mis articulaciones penetraron en aquella nube y encontré el taxi muy ninja entre otras cosas. Japón era una delicia en el sillón, A y A esperaban y yo comprendí que el Prius no rodaba sino que se deslizaba como una katana en el kimono de M, sorprendiendo en silencio a los que no podían hablar ni preguntar ni interesarse en el pelotón de la cena. Por el reflejo de M yo vi el valle nublado, yo vi el arroyo diminuto pero cristalino, le di a la caza alcance y yo ganaba ese territorio y danzaba en medio de todos con una voracidad estrenada y todo era armónico como un músculo perfeccionado hasta que sino con divinidad yo me daba cuenta y Japón era tragado por las aguas.

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Esfera de los patinadores

Los patinadores se deslizan a poca distancia, acercándose a la curva. Flexionan las piernas, adelantan el torso, el casco ajustado y los músculos en tensión, giran suavemente, entran en una curva que no acaba jamás. Podrían seguir girando cuando ya todos nos hubiéramos ido. Giran sin nada más que hacer, se sienten hombres libres y lo prueban con un giro lento, natural, que son capaces de alterar a su antojo. Pero no lo hacen. Se adaptan a la pista. Las cuchillas silban en contacto con el hielo, con un poder desplegado que hace olvidar todo. Es posible que vengamos todos los días. Todas las semanas al menos. Cuando se nos haya olvidado la cara del último que nos sonrió, cuando ya no haga gracia la broma del hermano, ellos seguirán patinando. Pensamos esto y recordamos. Tantas voces oídas. Ellos siguen patinando, indiferentes al tiempo y a quien les mira. No podemos entrar en su zambullida azul, en su caída dulce, sólo los miramos un rato y luego debemos salir preguntando el camino, y volvemos a nuestras habitaciones pequeñas y miramos sólo unos segundos por la ventana. No nos quedamos allí. No somos patinadores, no somos ligeros.

Ellos no tienen mirada ni boca. No respiran, son parte inseparable del hielo y de la velocidad. Nunca se detienen, mientras que nosotros somos espinosos, esperamos y buscamos. Nos acordamos de alguien. De una presencia sobre nuestros cuerpos. Nos la quitamos de los ojos mirando a los patinadores aunque quizás queden algunos restos. Carecemos de propósito ahora. Hace frío pero nos quedamos. Igual nos salimos pero pensamos en los patinadores, volvemos arrepentidos de haber salido. No conocemos a los patinadores porque son una fuerza simple, orgánica, silenciosamente dispuesta para soportar el paso del tiempo. Miramos nuestro reloj azul de pulsera y marcan las 21h15. Quién sabe qué hora es al otro lado. Los patinadores no nos dan miedo pero a veces, sólo a veces, nuestras pasiones se agolpan y las tocamos con el labio y cuando volvemos los ojos a los patinadores éstos son tan impasibles en su marcha que nuestra conducta es censurada y sabemos que debimos callar y disolver los pozos en los giros y silbidos en el hielo,

Hombre en el contenedor

Bajo las escaleras. Calor.

Abro la puerta y veo nieve disimulando el hielo.

La tracción es mejor, sin duda, con nieve que sin ella. Me pesa la bolsa negra.

Paso junto a los coches empolvados de nieve. Aquí los niños no salen a estrenar los juguetes. Las luces sí cuelgan navideñas de los balcones.

Junto a la curva, un corral de madera donde están los contenedores. La bicicleta apoyada en la puerta me lleva a preguntas estúpidas.

La puerta del corral está medio abierta. Al acercarme, caen botellas de plástico, latas, envases de detergente.

Dudo; luego decido asomarme y saludo.

Lanzo con cuidado la bolsa negra en el otro contenedor y me preocupa,

un segundo pero todo un segundo, que el esqueleto del pavo haya atravesado la bolsa de plástico.